Lo difícil que es comprender el gran tesoro espiritual que es una Santa Misa


A veces parece que la Eucaristía sea una obligación, no pocos acuden a misa por desgana, "por cumplir", "para quitarla de en medio". En el pueblo era común oír recomendar a la gente ir a misa temprano, a la de la primera hora, y así "se tenía el resto del día libre". ¡Ir a misa por ir! ¡Qué desconocimiento! ¡Qué gran ignorancia!

No vamos a extendernos aquí sobre el valor de una Santa Misa tanto como lo ha hecho el santo Cura de Ars en su hermoso sermón sobre la eucaristía (el cual recomendamos a nuestros lectores y visitantes, encarecidamente, repasar), pero sí que vamos a dar unos pequeños bosquejos sobre lo que una misa significa, al menos en parte, porque daría para un voluminoso libro analizar lo que es la misa un poco en profundidad.




Por de pronto, empezaremos diciendo que la santa misa es ya, de por sí, una enorme gracia que nos hace Dios, un precioso regalo de tal manera que, si el Señor no nos hiciera más bondades y favores durante nuestra vida, si viviésemos absolutamente abandonados al dolor, al sufrimiento, soledad y desesperación, sería motivo suficiente una sola misa para alabarle y darle nuestras más fervientes gracias, y rendirle nuestra más sincera devoción, solo por habernos permitido celebrar, presenciar y participar de una sola misa. ¡Y cuantas veces acudimos a las parroquias, capillas y abadías sin tener esto en cuenta!

Debemos también considerar, y darle las gracias al final de cada eucaristía, por habernos permitido celebrarla y estar en su presencia, a pesar de no ser, ni por asomo ni de ninguna manera, ni mínimamente dignos de ello. Pensemos solamente en la gran cantidad de personas que quisieran haber acudido, y no pueden: ancianos, enfermos, impedidos de todo tipo... ¡Cuántos ancianos, que poseen unos grandes anhelos y devoción, desearían haber podido participar de la eucaristía, y no han podido! El Señor les exige el sacrificio de tener que estar en sus casas, en asilos, y en algunos casos solo estar en espíritu, a distancia, escuchando la misa a través de la radio, o viéndola por la televisión. Y sin embargo nosotros, que nos ha permitido ir al templo para adorarle, salimos de prisa, muchos escapan de allí como si escaparan de la cárcel, ¡qué terrible ignorancia! ¡Cuánto se arrepentirán cuando descubran lo mucho que podrían haber ganado y aprovechado, para sí mismos y sus almas, y para todos sus seres queridos, para toda la humanidad, si hubiesen celebrado santamente y con recogimiento y agradecimiento la eucaristía!

El sacrificio de la misa es la renovación, el acto pero de forma incruenta, de la cruenta muerte del Señor. Ni más ni menos. Y en él no solo se derraman incontables gracias en el alma sino que, vivido con buenas disposiciones (porque dignamente ninguna persona sería merecedora de ello) nos acerca a Dios, o más bien Dios nos acerca a Él, a su presencia, y nos provee de fuerza y santidad. Es el arma más temible contra los peligros que nos acechan y nos amenazan con la perdición eterna, el medio con el que Cristo se hace más presente y se nos revela, auténticamente, y nos muestra la realidad de ser Él, auténticamente Él, quien nos protege y nos mantiene, quien nos sostiene porque "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo". De ahí obtenemos la mayor fuerza y ánimos para seguir profesando la fe, para seguir anunciando a Cristo en medio del mundo y su antagonismo frente a la Verdad.

¡Cuántos países no tienen la gracia de disponer de misas, ni sus habitantes de tener parroquias cercanas, ni sus cristianos de poder sentir tan fácilmente la presencia de su Señor y su Dios! Y muchos de nosotros, que sí podemos, ¡pasamos de largo ante los templos e iglesias, y no vemos la hora de que termine la Santa Misa para escapar corriendo!

Agradezcamos de forma constante y sincera el que el Señor nos permita participar en la Santa Misa, y aprovechemos cuanto podamos cada ocasión en la que acudamos a la Eucaristía, puede que, cuando menos lo esperemos, nos veamos privados de ello. ¡Pidamos constantemente al Señor para que, mientras vivamos en carne en el siglo, nos siga haciendo el gran regalo de poder ir a misa y a comulgar!