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Dejarlo todo


A medida que vamos cumpliendo años en el mundo, nos vamos llenando de más y más cosas, trastos inútiles a los que les otorgamos el título de "imprescindibles", y a algunos de ellos llegamos a entregarles el corazón y hasta la vida. Pasamos penurias y calvarios hasta obtenerlos, pensando que ese nuevo producto llenará el vacío que el anterior no pudo.

Pienso que los niños son los más desprendidos en este sentido, por eso Nuestro Señor nos recomienda su sencillez. Un niño puede encapricharse de un juguete, pero no pasa mucho tiempo hasta que lo abandona o se cansa de él, llegando a destrozarlo.

Dudas


El hermano Andrés no era, para nada, un mal monje. Podría decirse que era uno de esos religiosos que, como Santo Tomás, necesitaba "ver y tocar", de manera que solía tener constantes conflictos internos sobre la exigencia absoluta que suponía implicarse en cuerpo y alma a su fe (¿es que puede vivirse de otra manera el sentirse cristiano?), y la debilidad de una fe que era puesta en entredicho constantemente, unas veces por sus propias experiencias pero, otras, por lo que veía externamente, aunque nuestro contacto con la sociedad, como ya he mencionado muchas veces, era más bien escaso y limitado.

Esto le había llevado a fray Andrés a que tuviera constantes idas y venidas en la abadía. Él lo explicaba por su necesidad "de discernimiento" (como si el noviciado fuera poco), y se deshacía, al menos temporalmente, de sus hábitos para volver a vivir como un laico, aunque no renunciando a sus votos.