
A medida que vamos cumpliendo años en el mundo, nos vamos llenando de más y más cosas, trastos inútiles a los que les otorgamos el título de "imprescindibles", y a algunos de ellos llegamos a entregarles el corazón y hasta la vida. Pasamos penurias y calvarios hasta obtenerlos, pensando que ese nuevo producto llenará el vacío que el anterior no pudo.
Pienso que los niños son los más desprendidos en este sentido, por eso Nuestro Señor nos recomienda su sencillez. Un niño puede encapricharse de un juguete, pero no pasa mucho tiempo hasta que lo abandona o se cansa de él, llegando a destrozarlo.
