
En la capilla de la abadía, con la imagen de la Nuestra Señora del Carmelo en el altar mayor, los monjes nos sentábamos en un lugar apartado, aislado, en el coro. Estaba situado a la derecha del altar, en el transepto, en uno de los brazos de la cruz que dividía la capilla en secciones, y expresamente alejado de los bancos de la nave central, en donde se sentaba el pueblo.
Cada día celebrábamos dos misas, una de ellas, a las doce del mediodía, era en la que se abrían las puertas de la capilla al público. Los domingos había dos misas públicas, a las doce y, la otra, a las siete, donde se rezaban las vísperas tras ella y el rosario antes de ella.