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Lo difícil que es comprender el gran tesoro espiritual que es una Santa Misa


A veces parece que la Eucaristía sea una obligación, no pocos acuden a misa por desgana, "por cumplir", "para quitarla de en medio". En el pueblo era común oír recomendar a la gente ir a misa temprano, a la de la primera hora, y así "se tenía el resto del día libre". ¡Ir a misa por ir! ¡Qué desconocimiento! ¡Qué gran ignorancia!

No vamos a extendernos aquí sobre el valor de una Santa Misa tanto como lo ha hecho el santo Cura de Ars en su hermoso sermón sobre la eucaristía (el cual recomendamos a nuestros lectores y visitantes, encarecidamente, repasar), pero sí que vamos a dar unos pequeños bosquejos sobre lo que una misa significa, al menos en parte, porque daría para un voluminoso libro analizar lo que es la misa un poco en profundidad.

La capilla y las horas de misa


En la capilla de la abadía, con la imagen de la Nuestra Señora del Carmelo en el altar mayor, los monjes nos sentábamos en un lugar apartado, aislado, en el coro. Estaba situado a la derecha del altar, en el transepto, en uno de los brazos de la cruz que dividía la capilla en secciones, y expresamente alejado de los bancos de la nave central, en donde se sentaba el pueblo.

Cada día celebrábamos dos misas, una de ellas, a las doce del mediodía, era en la que se abrían las puertas de la capilla al público. Los domingos había dos misas públicas, a las doce y, la otra, a las siete, donde se rezaban las vísperas tras ella y el rosario antes de ella.