
Si lo que más echaba en falta antes de entrar en la abadía era el silencio para ayudarme a estar en paz con Dios, una vez en ella se había convertido en un tesoro que la mayoría de monjes había llegado incluso a tener en consideración. Lo volvimos a recordar cuando un grupo de leñadores comenzaron las tareas de tala de un bosque cercano, y aunque situado en un monte a varios kilómetros, el eco de la maquinaria y motosierras se oía con notable claridad, más aún entre la profunda atmósfera de recogimiento de la abadía.
Pronto su molestia fue tal que nos impedía concentrarnos en nuestras oraciones, y tanto el abad, como mi confesor, me recomendaban que lo tomase como un acto de mortificación y un sacrificio que ofrecer, junto con mis pesares diarios, en honor al Señor, por supuesto también para la conversión de pecadores y las ánimas del Purgatorio y, también, en expiación de mis propios pecados y caídas.