El niño Jesús perdido y hallado en el templo



CRISTO LES RESPONDE QUE VEAN SUS OBRAS: "LOS CIEGOS VEN, LOS COJOS ANDAN, LOS LEPROSOS SON LIMPIADOS, LOS SORDOS OYEN, LOS MUERTOS SON RESUCITADOS, Y A LOS POBRES ES ANUNCIADO EL EVANGELIO.



Este acontecimiento de la niñez de Cristo se describe en los evangelios, podemos leerlo en Lucas 2,41, y también es uno de los misterios gozosos que contemplamos en el Santo Rosario.

Los evangelistas no hacen mención alguna a la infancia de Jesús, y todos ellos se centran, en casi su totalidad, en lo que se ha dado en llamar "su vida pública", es decir, los años en los cuales estuvo anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios, llamando a la conversión. Esta vida pública de Jesús se lleva todo el protagonismo en los Evangelios, ¿por qué, entonces, San Lucas nos hace detenernos en el pasaje del templo?

..."y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa"



"El Señor nos da el regalo más afectuoso e invalorable de su Santísima Madre como madre también nuestra".



Estas hermosas palabras se encuentran en el versículo 27 del capítulo 19 del Evangelio de San Juan. El Señor, a punto de morir en la cruz por el género humano, deja a su Madre al cuidado de su discípulo. La Iglesia también ha visto en este gesto cómo da a su Madre a todos los cristianos. En la expresión: "ahí tienes a tu hijo" , seguida del: "ahí tienes a tu madre", nos da el regalo más afectuoso e invalorable de su Santísima Madre como madre también nuestra.

El narrador continúa diciendo: "y el discípulo la acogió en su casa". ¿Qué es, pues, este "acoger en su casa" para nosotros, mas que acoger a Santa María en nuestro corazón? Porque, ¿cuál es "la casa" del hombre, nuestro habitáculo más íntimo, preciado y donde ponemos solo a la gente que más amamos? En efecto: este lugar en donde debemos "acoger" a la Madre del Señor no es más que nuestro propio corazón.

Cómo se debe comulgar



"El gesto de los fieles durante la consagración será estar de rodillas".



Parece ser que un gran número de los asistentes a la Santa Misa, desconoce o ignora las normas de conducta que se han de seguir durante la comunión, si nos fijamos en lo que habitualmente se ve en nuestras iglesias. Pero antes de entrar en ese tema, conviene aclarar algo importante antes: la manera en la que debemos rendir culto al Señor en la consagración, o mientras el sacerdote realiza ésta.

Porque toda esta serie de ritos y gestos no son así sin más, sino que intentan introducirnos, y sumergirnos, en una mayor devoción al Señor y una mejor disposición para recibirle pero, además, nos quieren hacer patente la realidad del importante acto al que estamos asistiendo, ni más ni menos que participar de la celebración de la Eucaristía.

Lo difícil que es comprender el gran tesoro espiritual que es una Santa Misa


A veces parece que la Eucaristía sea una obligación, no pocos acuden a misa por desgana, "por cumplir", "para quitarla de en medio". En el pueblo era común oír recomendar a la gente ir a misa temprano, a la de la primera hora, y así "se tenía el resto del día libre". ¡Ir a misa por ir! ¡Qué desconocimiento! ¡Qué gran ignorancia!

No vamos a extendernos aquí sobre el valor de una Santa Misa tanto como lo ha hecho el santo Cura de Ars en su hermoso sermón sobre la eucaristía (el cual recomendamos a nuestros lectores y visitantes, encarecidamente, repasar), pero sí que vamos a dar unos pequeños bosquejos sobre lo que una misa significa, al menos en parte, porque daría para un voluminoso libro analizar lo que es la misa un poco en profundidad.

Este grito de alma aguda


Este grito de alma aguda,
alguien hay pidiendo ayuda,
suplicando a él se acuda...

¿Quién es, su voz, que reconozco?
¡Es mi misma voz, yo la conozco!
¡Soy yo mismo entre gritos espantosos!

El silencio


Si lo que más echaba en falta antes de entrar en la abadía era el silencio para ayudarme a estar en paz con Dios, una vez en ella se había convertido en un tesoro que la mayoría de monjes había llegado incluso a tener en consideración. Lo volvimos a recordar cuando un grupo de leñadores comenzaron las tareas de tala de un bosque cercano, y aunque situado en un monte a varios kilómetros, el eco de la maquinaria y motosierras se oía con notable claridad, más aún entre la profunda atmósfera de recogimiento de la abadía.

Pronto su molestia fue tal que nos impedía concentrarnos en nuestras oraciones, y tanto el abad, como mi confesor, me recomendaban que lo tomase como un acto de mortificación y un sacrificio que ofrecer, junto con mis pesares diarios, en honor al Señor, por supuesto también para la conversión de pecadores y las ánimas del Purgatorio y, también, en expiación de mis propios pecados y caídas.

Dejarlo todo


A medida que vamos cumpliendo años en el mundo, nos vamos llenando de más y más cosas, trastos inútiles a los que les otorgamos el título de "imprescindibles", y a algunos de ellos llegamos a entregarles el corazón y hasta la vida. Pasamos penurias y calvarios hasta obtenerlos, pensando que ese nuevo producto llenará el vacío que el anterior no pudo.

Pienso que los niños son los más desprendidos en este sentido, por eso Nuestro Señor nos recomienda su sencillez. Un niño puede encapricharse de un juguete, pero no pasa mucho tiempo hasta que lo abandona o se cansa de él, llegando a destrozarlo.

La visita


Encontrarme con mi hermana es, sin lugar a dudas, uno de los momentos más gratificantes de mi vida. Ella es una bendición del Cielo porque ella siempre me motiva y alienta en mi camino hacia la perfección cristiana. Cuando ella está a mi lado siento que puedo hacer lo imposible, y enfrentarme a todo.

Dios pone a nuestro lado ángeles que no vemos, y también ángeles que vemos en forma de personas que nos estiman y cuidan, o que nos ayudan a renovar nuestras fuerzas. Uno de esos ángeles es mi hermana.

Dios lo es todo, y no hay más


Muchas veces habréis leído aquí que hablo del Señor al que hemos dedicado nuestra vida, pero en realidad podríamos decir que Él es nuestra vida y, nosotros, estamos muertos en Él, de tal manera que tratamos de conseguir que Cristo viva en nosotros, sea nuestro absoluto.

Quien no haya sabido experimentar esta realidad, le parecerá algo incomprensible, e incluso no le dará valor, absorbido como están por los engaños del mundo. Es como aquella mariposa que vuela girando alrededor de una vela, totalmente cegada por su cercanía, sin darse cuenta que el sol es mucho más grande y más cálido.

Vida contemplativa


De cara al exterior la vida de oración tiene fama de ser una vida soporífera, aburrida e incluso infructuosa y vana. Nada más lejos de la realidad. Vivir en completa dedicación al Señor es un privilegio, casi me atrevería a decir que un honor del que, por desgracia, pocos quieren disfrutar.

Muchos piensan que nuestra vida es tediosa, hasta ociosa, y tienen los continuos tiempos de oración como una carga o una condena. Los que así piensan es porque no han experimentado el gozo de seguir a Cristo y de amarle con sinceridad, con profundidad.

Si amas a Dios


Si amas a Dios para pedirle cosas, no amas a Dios.
Si amas a Dios para tener éxito, no amas a Dios.
Si amas a Dios para lograr tus metas, no amas a Dios.
Si amas a Dios por sus dones, amas sus dones, pero no a Dios.
Si amas a Dios para consolarte, amas sus consuelos, pero no amas a Dios.
Si amas a Dios para llegar a la gloria, amas la gloria, pero no a Dios.
Si amas a Dios para no condenarte, temes la condena, pero no amas a Dios.
Si amas a Dios para sentirte bien, te amas a ti, pero no amas a Dios.

Solo ama a Dios aquel que desea, quiere y busca en todo la voluntad de Dios, su amado. Cuando amas a alguien lo amas cuando la fortuna te sonríe, y cuando hay dificultades. Lo amas incondicionalmente, y cuando amas a alguien de veras, lo amas por lo que es, y ni por lo que aporta ni por lo que te regale, aunque sus dones te hagan sentir bien. Lo demás es amar nuestra propia voluntad, amarnos a nosotros mismos y usar a Dios como instrumento de nuestros deseos, no de los suyos.

Cuando tus deseos sean los de Dios, cuando no le busques solo por tus caprichos o necesidades, sino que lo busques solo por lo que Él es, entonces cumplirás aquel precepto que dice: "amarás a Dios con todo tu ser y sobre todo lo demás, sobre absolutamente todo" (Mateo 22:36-40).

Ludobian de Bizance

Ruinas de Santa Águeda


Me dirigía hacia una de las aldeas más cercanas que solía visitar a menudo. Ir hacia ella era también la ocasión perfecta para detenerme en uno de los lugares más evocadores y atrayentes que había por los alrededores. Se trataba de las ruinas de Santa Águeda, en realidad casi unas cuantas piedras amontonadas que habían sido una ermita y que, en completo estado de abandono, se habían convertido ahora en una construcción irreconocible.

Pero seguía siendo terreno santificado, y me resultaba muy agradable detenerme en aquel lugar a descansar, meditar, y orar.

Dudas


El hermano Andrés no era, para nada, un mal monje. Podría decirse que era uno de esos religiosos que, como Santo Tomás, necesitaba "ver y tocar", de manera que solía tener constantes conflictos internos sobre la exigencia absoluta que suponía implicarse en cuerpo y alma a su fe (¿es que puede vivirse de otra manera el sentirse cristiano?), y la debilidad de una fe que era puesta en entredicho constantemente, unas veces por sus propias experiencias pero, otras, por lo que veía externamente, aunque nuestro contacto con la sociedad, como ya he mencionado muchas veces, era más bien escaso y limitado.

Esto le había llevado a fray Andrés a que tuviera constantes idas y venidas en la abadía. Él lo explicaba por su necesidad "de discernimiento" (como si el noviciado fuera poco), y se deshacía, al menos temporalmente, de sus hábitos para volver a vivir como un laico, aunque no renunciando a sus votos.

La capilla y las horas de misa


En la capilla de la abadía, con la imagen de la Nuestra Señora del Carmelo en el altar mayor, los monjes nos sentábamos en un lugar apartado, aislado, en el coro. Estaba situado a la derecha del altar, en el transepto, en uno de los brazos de la cruz que dividía la capilla en secciones, y expresamente alejado de los bancos de la nave central, en donde se sentaba el pueblo.

Cada día celebrábamos dos misas, una de ellas, a las doce del mediodía, era en la que se abrían las puertas de la capilla al público. Los domingos había dos misas públicas, a las doce y, la otra, a las siete, donde se rezaban las vísperas tras ella y el rosario antes de ella.

La hora canónica


Seguramente el abad De la Cruz estaría pensando que dónde me habría metido. No era fácil ascender por un sendero que hacía tiempo ya había dejado de ser un camino asfaltado, y estaba convertido en un barrizal, reseco a veces, otras cubierto de hojas secas caídas de los árboles y, siempre, entre una niebla persistente.

En algún recodo se abría cierta perspectiva del entorno, apareciendo una visión de las montañas que, en días claros, debía de resultar arrebatadora e inspiradora pero que, entre la pertinaz niebla, apenas se distinguía ni el paisaje, ni los más que probables barrancos que se encontrarían en derredor. Seguí con paciencia por la segura senda, intentando librar mis pies de los recovecos que habían formado las pisadas del ganado que por allí había transitado, sin lograrlo en un gran número de ocasiones.

La llegada


Hasta el profundo valle había un viejo trayecto ferroviario, con horarios y precisión un tanto aleatorios, pero al menos la arcaica máquina diésel del tren conectaba -en tan solo un vagón- a los pocos vecinos de las aldeas cercanas, con las poblaciones más populosas de la región. Tras mi ventanilla los escarpados picos se sucedían uno tras otro, los riscos aún nevados, los cortados amenazantes en los cuales ni la vegetación crecía..., y se vislumbraba claramente la pared rocosa con el clarear de la mañana. Adiviné el olor a rocío del exterior mientras se sucedían cadenas montañosas entre la neblina de la lejanía. Algunas pocas casitas, reunidas como en panal, sembraban los valles y confluencias de caminos aquí y allá, con cierto desorden.

El tren traqueteaba casi vacío, solo un señor de pelo blanco estaba sentado en la parte delantera del vagón, aunque de él yo apenas divisaba su coronilla, que surgía como un peñasco entre los asientos mullidos, ennegrecidos por el uso y por los años que habían pasado por ellos.

El amanecer


Desperté de madrugada, cuando aún la oscuridad exterior era absoluta. Traté de distinguir entre las tinieblas del firmamento la presencia de nubes, pero solo pude distinguir algunas sombras borrosas. Me arrodillé para rezar mis oraciones y, con la mirada hacia el suelo y humildad sincera, musité una de las oraciones que acostumbraba a rezar diariamente antes de enfrentarme a los avatares del día:

"Dadme, Señor, las gracias necesarias para afrontar este día, sostenme con ellas para que cumpla fielmente Tu santa voluntad y ni te ofenda ni te defraude. Guíame, por ello, para que pueda enfrentarme a los avatares de este día".